El punto es que durante doce años me gané la vida gracias a Excel y al famoso peporcú, y ahora que estoy dedicado a otros menesteres no he sido capaz de lograr que me deje tranquilo.
En cada situación y lugar, una parte de mi coco está sopesando lo que veo y escucho para determinar el peporcú, llegando a veredictos del tipo “cuadra”, “no cuadra”, o “es una locura”. El problema es que la opción “cuadra” casi no aparece, tengo puros “no cuadra” o “locura”, y al parecer la culpa de todo esto lo tiene Barcelona, por lo menos la zona que conozco hasta ahora.
En cada situación y lugar, una parte de mi coco está sopesando lo que veo y escucho para determinar el peporcú, llegando a veredictos del tipo “cuadra”, “no cuadra”, o “es una locura”. El problema es que la opción “cuadra” casi no aparece, tengo puros “no cuadra” o “locura”, y al parecer la culpa de todo esto lo tiene Barcelona, por lo menos la zona que conozco hasta ahora.

Lo que pasa es que cuando caminas por las pequeñas calles de mi barrio te sorprende la gran cantidad y variedad de pequeñas tiendas, algunas tan exóticas como http://www.dreamslot.net , lugar que abre solo de noche y en que te cobran por jugar con una autopista con autitos.
Otra característica del lugar es que acá abundan los universitarios y los adultos madurones, los que estamos en la etapa de crianza somos re-pocos y de estos casi todos tienen una cantidad razonable de niños, la “parejita”. Se trata de un sector residencial tranquilo, nada turístico.
Aquí es donde aparece el misterio del peporcú. Si (1) los clientes somos los que vivimos en el barrio principalmente, y (2) la densidad es baja y los turistas escasos (salvo uno que otro despistado), ¿cómo se las arreglan los cientos de negocios para subsistir?.
Si se tratara solamente de un par de negocios un malpensado plantearía la alternativa del “lavado de $”, pero en este caso la situación es pandémica, por lo que esta opción no aplica.
Plantee este problema en clases y me ofrecieron dos alternativas más: (a) que los negocios pierden plata pero los dueños no lo saben, y (b) que acá la gente está dispuesta a pagar más pues no tienen auto y valoran la comodidad. La primera opción es poco convincente, en su mayoría son negocios manejados por los dueños y el día que les corten la luz por no pago se van a dar cuenta.
Reconozco que la segunda alternativa es seductora. Si la compro podría dedicarme a pensar en cosas más edificantes o simplemente dejar que la mente descanse y divague por el tiempo y espacio.
Sin embargo esa parte de mí coco, entrenada por años en el arte de buscar la quinta (y a veces sexta) pata del gato, me sigue prendiendo una luz roja.
Si el “sostén” de estos negocios es que los barcelonenses están dispuestos a pagar más por su comodidad, no sería extraño que el sostén se venza pronto y que tengamos un real espectáculo, un desborde de negocios que se van por los suelos. La cosa acá no está nada fácil, más inflación y menos pega para los ibéricos, por lo que los bolsillos golpeados tendrán que optar entre darse un gustillo o estirar el billete.
Ojala esta no sea más que un nuevo ataque de fiebre peporcúdea y me equivoque, y que el barrio mantenga los locales que le dan su atmósfera especial y curiosa, y lo hacen tan grato.



